Reindustrialización europea: ¿realidad o relato político?
La UE ha convertido la reindustrialización en su nueva prioridad estratégica. Pero los datos muestran que el declive industrial se acelera y que las políticas actuales llegan tarde y con poca dotación.
Tras décadas de deslocalización, la Unión Europea ha redescubierto la industria. El informe Draghi de 2024, la nueva Estrategia Industrial de la Comisión y los planes nacionales de autonomía estratégica coinciden en el diagnóstico: sin base industrial no hay soberanía, ni tecnológica ni militar. La pregunta es si el diagnóstico se traduce en acción o se queda en relato.
Los números del declive
La industria manufacturera pesaba el 19 % del PIB de la UE en 2000; hoy apenas alcanza el 14 %. En sectores estratégicos como semiconductores, baterías o farma, la dependencia de proveedores asiáticos y estadounidenses es superior al 70 %. La invasión de Ucrania y el shock energético subsiguiente hicieron dolorosamente visible esta fragilidad.
El diferencial con Estados Unidos es especialmente inquietante: mientras la Inflation Reduction Act moviliza 369.000 millones de dólares en subsidios verdes vinculados a producción local, el Green Deal europeo funciona con fondos dispersos entre múltiples programas y sujetos a la fragmentación de veintisiete legislaciones nacionales.
El problema del capital
Europa ahorra mucho pero invierte poco en su propia industria. El mercado único de capitales sigue sin completarse: una startup francesa de baterías se financia con más facilidad en Nueva York que en Ámsterdam. Sin una unión bancaria plena ni un mercado de capitales integrado, el ahorro europeo termina financiando la reindustrialización de otros.
Energía: el nudo gordiano
Ningún plan industrial europeo funcionará mientras la industria pesada pague la electricidad al doble o al triple que sus competidores estadounidenses y chinos. La transición energética es imprescindible por razones climáticas, pero su despliegue actual —con costes altos durante la transición— lastra la competitividad industrial en un momento crítico.
Europa quiere reindustrializarse sin renunciar a la austeridad fiscal, sin ayudas de Estado, con la energía más cara del mundo y con reglas medioambientales cada vez más exigentes. Es la cuadratura del círculo.
¿Qué debería hacer España?
España está bien posicionada en algunos nichos —renovables, química fina, componentes de automoción, agroalimentario— pero mal en el conjunto. Con un peso industrial del 12 % del PIB, por debajo de la media europea, el país necesita una política industrial estable, transparente y con horizontes de veinte años, no de un ciclo político.
Los fondos Next Generation eran la oportunidad de dar ese salto. La ejecución, sin embargo, ha sido lenta y dispersa, con proyectos tractores que no han terminado de arrancar y una burocracia que ha ahogado buena parte del impulso. El tiempo de las declaraciones se está acabando.